Opinión de Diego José López Fernández.
Se abre el sol entre las montañas cercanas y el primer rayo de primavera asoma reflejando con su resplandor una torre altanera, dorada y con ganas de evocar un tiempo atrás en el que su arquitecto la configuró para que fuese templo de fe y devociones. La parroquia de Villamartín, el templo máter de los culiblancos, acoge un año más la Misa de Palmas del Domingo de Ramos. Muchos vecinos, entre ellos muchos jóvenes y niños, acompañados de sus familias acuden al lugar de culto con ilusión, ansia y muchas ganas, pues les será entregada la palma que tras su bendición estará lista para la apertura de Villamartín convertido en un Jerusalén improvisado que da la bienvenida a un Jesús triunfante, humilde a lomos de una burrita derrochando a su paso Paz y Caridad entre todos los parroquianos. Tras él una Virgen de los Reyes de talla barroca que portando su palma rizada acompaña a su hijo y cubre con su manto un sinfín de emociones populares.
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