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Cuando se apagan los titulares, permanece la memoria

Tras catorce años de servicio a la información cofrade y religiosa de Villamartín, Villamartín Cofrade concluye una etapa marcada por la vocación de informar, conservar la memoria colectiva y servir a las hermandades, a la parroquia y a nuestro pueblo.

Hay despedidas que nacen del cansancio. Otras, de la falta de ilusión. Esta no pertenece a ninguna de ellas.
Villamartín Cofrade llega hoy al final de su camino con la serenidad de quien contempla una obra terminada y agradece haber formado parte de ella.
Cuando esta aventura comenzó en 2012, poco podíamos imaginar el recorrido que nos esperaba. Fue D. José Manuel Álvarez Benítez quien supo ver antes que nadie las posibilidades de un proyecto que apenas era una intuición. Su confianza, su entusiasmo y su visión nos animaron a abrir una pequeña ventana desde la que contar la vida de nuestras hermandades, de nuestra parroquia y de nuestro pueblo.
Aquella ventana permaneció abierta durante catorce años.
Por ella pasaron cultos y procesiones, cabildos y estrenos, alegrías y dificultades. Pasaron generaciones de cofrades, acontecimientos que hoy forman parte de nuestra historia reciente y miles de momentos que merecían ser contados antes de que el tiempo los empujara al olvido.
Sin apenas darnos cuenta, fuimos llenando estanterías invisibles de fotografías, vídeos, audios, entrevistas, retransmisiones y crónicas. Un archivo construido día a día que hoy constituye, probablemente, el mayor legado de este medio.
Porque nunca entendimos la información como un simple ejercicio de actualidad. Informar era también conservar. Documentar. Dejar constancia de aquello que mañana alguien querría recordar.
Nunca aspiramos a ocupar el lugar de la noticia. Nuestro sitio estuvo siempre detrás de la cámara, detrás del teclado y detrás de cada publicación. Allí donde entendimos que debíamos estar.
La noticia eran las hermandades. La noticia eran sus hermanos, sus proyectos, sus cultos y sus desvelos. Nosotros solo intentamos contarlo.
Entre todos los recuerdos que guardamos, hay uno que sobresale sobre los demás.
La pandemia.
Cuando los templos cerraron sus puertas y la incertidumbre se instaló en nuestras vidas, comprendimos que informar ya no era suficiente. Cada tarde acudimos para retransmitir la celebración de la Santa Eucaristía, acercando un poco de compañía a quienes vivían aquellos días desde la soledad, la enfermedad o el confinamiento.
No fue un gesto extraordinario. Fue simplemente nuestra manera de servir.
Y quizás por eso, cuando miramos atrás, pocas cosas nos producen tanto orgullo como aquellos días en los que un teléfono y una conexión a internet ayudaron a mantener encendida una pequeña luz de esperanza.
No cerramos una página web; concluimos una obra colectiva construida durante años por muchas personas que entendieron que la memoria también es una forma de servicio.
Durante más de una década, colaboradores, fotógrafos, sacerdotes, hermandades, lectores y amigos fueron dando forma a una historia que nunca perteneció a una sola persona. Cada fotografía enviada, cada información compartida, cada colaboración desinteresada contribuyó a levantar este proyecto común.
Por ello, antes de marcharnos, resulta obligado detenerse en dos nombres.
El primero es el de D. José Manuel Álvarez Benítez. Sin su impulso inicial, probablemente estas líneas nunca habrían sido escritas. Su confianza hizo posible el comienzo de todo.
El segundo es el de Antonio Pavón Barrera.
Antonio ha sido durante todos estos años un patrocinador silencioso, una presencia constante y discreta. Una de esas personas que sostienen los proyectos sin reclamar nunca protagonismo.
También hemos tomado una decisión respecto a nuestro archivo.
Entre miles de documentos y recuerdos conservamos algunas comunicaciones nacidas del desencuentro, la incomprensión y el rencor. Podríamos guardarlas. Forman parte de la historia de estos años.
Sin embargo, hemos decidido destruirlas.
No porque ignoremos lo ocurrido, sino porque creemos que la convivencia se construye mirando hacia adelante. Nunca entendimos este medio como un instrumento para ajustar cuentas ni para alimentar divisiones.
Nos marchamos sin agravios pendientes, sin reproches y sin voluntad de señalar a nadie.
Preferimos conservar los buenos recuerdos.
Porque la memoria que merece permanecer no es la que alimenta el resentimiento, sino la que ayuda a comprendernos y a seguir caminando juntos.
Llegados a este punto, considero necesario realizar una reflexión personal.
Aunque Villamartín Cofrade ha sido una obra colectiva, la dirección, edición y responsabilidad del proyecto han recaído desde el primer día en mí, Francisco Gil Rodríguez.
Por ello, la decisión de poner fin a esta etapa también me corresponde asumirla personalmente. Del mismo modo que asumo cuanto se ha publicado a lo largo de estos años, con sus aciertos y con sus errores.
Si algo me llevo de este camino es la satisfacción de haber contribuido, junto a muchas otras personas, a conservar una parte de la memoria colectiva de Villamartín.
Mi agradecimiento es profundo.
A las hermandades y cofradías. A la Parroquia de Santa María de las Virtudes. A quienes colaboraron. A quienes confiaron. A quienes estuvieron cerca cuando más se les necesitó.
Y, especialmente, a quienes durante todos estos años dedicaron unos minutos de su tiempo a leer una noticia, escuchar una retransmisión o compartir una publicación.
Nada de esto habría tenido sentido sin vosotros.
Las noticias pasan.
Los titulares se olvidan.
Las páginas dejan de actualizarse.
Pero la memoria permanece.
Y si algo hemos intentado hacer desde aquel lejano año 2012 ha sido precisamente eso: custodiar una pequeña parte de la memoria de nuestro pueblo.
Porque, como tantas veces nos enseñó D. José Manuel Álvarez Benítez, la historia es la madre de la vida.
Cuando se apagan los titulares, permanece la memoria.
Francisco Gil Rodríguez
Editor y responsable de Villamartín Cofrade
Villamartín, junio de 2026

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