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María, nuestra madre

Mensaje de Juan José Omella, cardenal arzobispo de Barcelona en dia de la solemnidad de la Asunción de la Virgen María

Este lunes, solemnidad de la Asunción de María, la Iglesia celebra que la Virgen, después de haber seguido a Cristo con fidelidad durante toda la vida, entró en la casa del Padre. Esta festividad nos recuerda que también nosotros, algún día, viviremos en plena comunión con Dios eternamente. Y es que, como dice el papa Francisco, en el umbral del cielo hay una madre que nos espera (cf. Angelus, 15 de agosto del 2019).

El evangelista Lucas nos dice que María, después de haber creído en la promesa del Señor de que daría a luz a Jesús, atravesó las montañas de Judea para ayudar a su prima Isabel, que también estaba embarazada.

Cuando Dios se presenta en nuestra vida y dejamos que entre en nuestro interior, nuestra vida cambia por completo. El amor de Dios hace que, como María, superamos montañas de dificultades y nos ponemos al servicio de los demás.

Cuando Isabel ve que María entra en su casa, se pregunta quién es ella para recibir a la madre del Señor (cf. Lc 1,43). Isabel se siente pequeña ante Dios. Su actitud nos enseña a acoger a Dios con humildad y confianza, en poner en sus manos todos nuestros problemas. Nos lo dice bellamente la Sagrada Escritura: “Deja en manos del Señor tu destino y él te sostendrá” (Sal 54,23).

En toda la escena María e Isabel están llenas de alegría. Mientras hablan, el niño que Isabel lleva en las entrañas salta de alegría en su interior. Al final de la conversación, Isabel le dice a María: “Feliz tú que has creído” (cf. Lc 1,45). María nos enseña que nosotros también seremos felices si, a pesar de nuestras incoherencias, creemos a Jesús desde el fondo del corazón. Conocer a Jesús es lo mejor que nos puede pasar en la vida.

Después de esta escena, el evangelista Lucas nos muestra a María elevando a Dios una plegaria de gran belleza. Es el Magnificat.

El Magnificat es el canto que reza la Iglesia cada día en la liturgia de las vísperas. Es una plegaria de gran realismo. Se reconoce que en el mundo hay situaciones injustas, con opresores y oprimidos. Sin embargo, la Madre de Dios no pierde la esperanza y sigue confiando en Dios. En esta plegaria, María aparece como una verdadera madre, que camina y lucha con nosotros. Como dice el papa Francisco, María es un signo de esperanza para los pueblos que sufren injusticias (cf. Evangelii gaudium, 286).

Queridos hermanos y hermanas, María creyó en el Señor, lo acogió, le fue fiel y le sirvió con alegría.

Que nos enseñe a acoger con delicadeza al Señor que se acerca a nosotros de múltiples maneras en nuestro día a día y, de manera particular, en todos los crucificados de nuestro mundo. Sepamos, como ella, decir sí a Dios con fe y esperanza.

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