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Nuestra Diócesis venera hoy a Beato Manuel Jiménez Salado

Jueves de la decimoséptima semana de Tiempo Ordinario

Lectura del santo Evangelio según san Mateo 13, 47-53
En aquel tiempo, dijo Jesús al gentío:
«El reino de los cielos se parece también a la red que echan en el mar y recoge toda clase de peces: cuando está llena, la arrastran a la orilla, se sientan, y reúnen los buenos en cestos y los malos los tiran.
Lo mismo sucederá al final de los tiempos: saldrán los ángeles, separarán a los malos de los buenos y los echarán al horno de fuego. Allí será el llanto y el rechinar de dientes.
¿Habéis entendido todo esto?».
Ellos le responden:
«Sí».
Él les dijo:
«Pues bien, un escriba que se ha hecho discípulo del reino de los cielos es como un padre de familia que va sacando de su tesoro lo nuevo y lo antiguo».
Cuando Jesús acabó estas parábolas, partió de allí.

Manuel Jiménez Salado: Beato y mártir jerezano

Fuente: La Voz Digital

Nació en el barrio de San Miguel el 29 de octubre de 190

Tal como tiene Cádiz al beato Diego García, Jerez también tiene el suyo en la persona de Manuel Jiménez Salado (1907-1936). Es por lo que, abandonada la ‘I’ latina, pasamos a la letra ‘J’ en la que ya barajamos a varios personajes. En esta ocasión como decimos, la interesante vida de este hermano de San Juan de Dios nos obliga a incluirlo dentro de la serie de Mis familias preferidas; la que bimensualmente traemos a las páginas de LA VOZ.
Este paisano nuestro beato y mártir, nació en el barrio de San Miguel el 29 de octubre de 1907 siendo bautizado en dicha parroquia. Sexto de los ocho hijos que tuvo el matrimonio formado por don Miguel B Jiménez Daza y doña María de los Ángeles Salado González, familia modesta y trabajadora a la que le corría por las venas sangre flamenca. Según sus biógrafos, desde niño se le observó inclinación por la vida religiosa, ya que desde su infancia sus juegos estaban relacionados con los pequeños pasos de Semana Santa que construía, estampas de Santos y jugar a decir misa. permaneciendo largas jornadas en la iglesia, actuando de monaguillo.
De párvulo comenzó en las Hijas de la Caridad de las Puertas de Sol, estudiando posteriormente en las clases nocturnas del colegio del Sagrado Corazón de los Hermanos de las Escuelas Cristianas. Hizo la primera Comunión en 1915 en la Iglesia de San Miguel, donde también consta que fue confirmado.
Primeros trabajos
Creció como un niño más en el humilde entorno de la Plazuela, destacando por su seriedad y respeto hacia los demás, gustando de asistir a actos religiosos. Los primeros trabajos que se le reconocen fue como recadero y mayordomo de la familia González Villar, que vivían en la calle Corredera 35; en aquella casa, servía la mesa y atendía a los visitantes y reuniones que se hacían: meriendas y celebraciones. Esta distinguida familia colaboró en su formación humana y religiosa; obteniendo una exquisita educación y valores, entre los que destacaban: la prudencia, los buenos modales, el saber estar, y el tratamiento que había que dársele a los demás. Ni que decir tiene, que la formación religiosa de esta familia contribuyó a que él continuara asistiendo a los cultos que se llevaban a cabo en la cercana iglesia de San Francisco acrecentando su fe.
En el año 1929, fue llamado a filas, comenzando el servicio militar en Cádiz, licenciándose en Madrid, desde donde manda a sus padres una fotografía con un niño Jesús en sus brazos orlado de flores.
A principio de los años treinta, trabajando de nuevo de mayordomo en una casa de Jerez, llamaron a la puerta; al abrirla quedó impresionado con la figura de un hermano de San Juan de Dios, del Sanatorio de Santa Rosalía que venía pidiendo de puerta en puerta. Era el hermano Cruz, que al ver su aptitud lo invitó a visitar el hoy Hospital de San Juan Grande. Al hacerlo y ver cómo los hermanos atendían y curaban a los niños pobres y enfermos que allí residían, quedó impresionado con la obra de los hermanos de dicha congregación, tales eran: el hermano Adrián García, el Capellán, Roque Pinazo y el hermano limosnero Cruz Ibáñez. La relación de amistad y simpatía que mantuvo con todos ellos y que luego serían sus compañeros, como el hoy beato Diego García de Cádiz, incentivó su ánimo y fe aumentando su vocación para ingresar en la Orden, en cuya decisión tuvo un papel esencial la familia con la que trabajaba y servía.
En el año 1930 solicitó por escrito su admisión en la Orden, la que se acepta, teniendo que trasladarse a Cienpozuelos, ingresando como Postulando. Allí fue el Padre Beato Guillermo Llop quien le daría la licencia de entrada como aspirante destinándolo al Noviciado de Carabanchel. En dicho noviciado se le cuidó y preparó, no solo su formación espiritual y religiosa, sino también la cultural y científica en lo concerniente a su preparación como sanitario para el cuidado y la atención a los enfermos.
Dudas
Estos tiempos fueron especialmente duros para nuestro paisano, ya que las exigencias del noviciado, junto con las actividades prácticas que había de llevar a cabo con los enfermos mentales, le hicieron debilitar su fe y llenar de dudas, por lo que sumido en una crisis vocacional, fue aconsejado volver a Jerez para madurar y pensar cual debía de ser la elección de su camino.
A su regreso a Jerez, allá por el 1931, volvió a su puesto en la mansión de los González Villar de la calle Corredera, continuando con su trabajo, el que alternaba con sus contactos con la iglesia, confesores y amigos dejados en Jerez. En el 1935, ya seguro de lo que quería, tomó la decisión irrevocable de volver a la Orden, en la que es admitido y trasladado a la casa de formación de San Baudilio en Calafell provincia de Barcelona.
Como quiera que aquella residencia era de enfermos mentales, o sea, un manicomio, fue rápidamente trasladado a la Casa de Les Corts en Sarriá, ingresando como ‘donado’, que así se denominaba a toda persona que deseaba ser miembro de la Orden, pero que por sus características personales estaba integrado en la comunidad, incluso vestía el hábito, pero que aún no estaba comprometido con la observancia de los votos religiosos. Eso sí, llevando a cabo todas sus obligaciones como hermano: oraciones, Santa Misa, atenciones hospitalarias, así como la observancia del recogimiento religioso, la obediencia y el espíritu de sacrificio.
Es fácil de comprender que siendo andaluz y de Jerez y de un entorno flamenco como el de la Plazuela, el gracejo y el buen humor con el que departía con sus compañeros catalanes, hizo que se ganara el cariño de los hermanos de la comunidad religiosa, con los que más tarde compartió el martirio y la gloria de su beatificación. En el libro ‘Desde Jerez hasta el cielo’, su biógrafo el Padre Repeto, redacta con lujo de detalles la vida de este ‘Santo’ jerezano, trasmitiéndonos la enorme alegría que para Manuel Jiménez supuso el día 7 de diciembre de 1935, fecha en la que tomó oficialmente el hábito para siempre.
A finales del año 1935 fue nombrado hermano ‘limosnero’, llevando a cabo este trabajo por las calles de Barcelona; en comercios, negocios diversos y de puerta en puerta, obteniendo buenas colectas debido a su gracejo, buen humor y gracia natural propia de su gente y tierra jerezana.
Cierto día y debido al enrarecido clima sociopolítico que flotaba en la ciudad Condal, sus superiores lo retiraron de la calle y lo enviaron al Sanatorio Marítimo de Calafell.
Saqueos
El 15 de mayo de 1936, a la alegría de venir aprobado de Roma su ingreso en el noviciado de la Orden, se le sumó la tristeza de ver como habían comenzado los saqueos de las capillas y los incendios de las iglesias, por lo que reciben la orden de encerrarse en el convento, a la vez que poner en la puerta «Casa Sanatorio de Niños Pobres», haciendo ondear en el balcón principal las banderas de España, Cataluña y de la Cruz Roja. No obstante, las visitas de los milicianos no se hicieron esperar, primero para decirles que debían de ocultar su condición de religiosos por lo que tenían que vestir de paisano. Las visitas continuaron y aunque las más eran tranquilizadoras, aludiendo meras rutinas de inspección, en otras ocasiones se metían en las celdas de los hermanos requisándoles los objetos de valor y el poco dinero que tenían, alegando que lo que buscaban eran armas ocultas.
En otra ocasión les dijeron que con el fin de protegerlos de la guerra los iban a sacar de España, por lo que debían de preparar sus equipajes para trasladarlos a Barcelona.
A finales del mes de julio volvieron a presentarse en el Sanatorio requisándoles los pasaportes y el dinero que habían reunido para el supuesto viaje; dejaron en libertad a cuatro jóvenes novicios, así como a un argentino, al resto los montaron en un camión con la promesa de llevarlos a Barcelona pero desviaron el camino tomando otro en dirección a Calafell; de pronto, tras una curva, los obligaron a bajar del camión, apartándolos de la carretera y poniéndolos en fila les dijeron: «Ahora vais a pagar lo que habéis hecho».
Al darse cuenta nuestro paisano de que los iban a fusilar, comenzó a proferir vivas a Cristo Rey y a Jesús Sacramentado, por lo que los milicianos le dispararon sin piedad, cayendo al suelo con el cráneo acribillado; este ensañamiento parece que permitió que algunos de los otros hermanos pudieran salvarse, por lo que pudieron contarlo. Al atardecer fue enterrado en el cementerio local con los otros hermanos en tres fosas. Desde aquel triste 30 de julio de 1936 permaneció hasta el 20 de enero de 1939 que entraron las Fuerzas del Bando Nacional en Tarragona. Sabido el lugar de los enterramientos, se procedió a la exhumación del cadáver del hermano Manuel, el cual fue reconocido por sus zapatos blancos, la camisa blanca de rayas y sus gemelos, así como la llave de su maletín que pudo ocultar, en el que iban sus objetos personales y algún dinero y que los compañeros que lo presenciaron pudieron atestiguar.
Los restos de este paisano nuestro beato y mártir descansan en una urna, en el Sanatorio de Santa Rosalía, hoy Hospital de San Juan Grande, en donde por su vida y muerte ejemplar se le reza y venera.
El hermano Manuel Jiménez Salado fue declarado mártir el 14 de mayo de 1991 y beatificado el 25 de junio de 1992 por Su Santidad el Papa Juan Pablo II, en la plaza de San Pedro en Roma, ante una fervorosa multitud, entre los que se encontraban un buen número de jerezanos que habían viajado ex profeso para presenciar tan magno acontecimiento.

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