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La Iglesia celebra hoy la festividad de San Edmundo de Inglaterra

Miércoles de la trigesimotercera semana de Tiempo Ordinario

Lectura del santo Evangelio según san Lucas 19, 11-28
En aquel tiempo, Jesús dijo una parábola, porque estaba él cerca de Jerusalén y pensaban que el reino de Dios iba a manifestarse enseguida.
Dijo, pues:
«Un hombre noble se marchó a un país lejano para conseguirse el título de rey, y volver después.
Llamó a diez siervos suyos y les repartió diez minas de oro, diciéndoles:
“Negociad mientras vuelvo”.
Pero sus conciudadanos lo aborrecían y enviaron tras de él una embajada diciendo:
“No queremos que este llegue a reinar sobre nosotros”.
Cuando regresó de conseguir el título real, mandó llamar a su presencia a los siervos a quienes había dado el dinero, para enterarse de lo que había ganado cada uno.
El primero se presentó y dijo:
“Señor, tu mina ha producido diez”.
Él le dijo:
“Muy bien, siervo bueno; ya que has sido fiel en lo pequeño, recibe el gobierno de diez ciudades”.
El segundo llegó y dijo:
“Tu mina, señor, ha rendido cinco”.
A ese le dijo también:
“Pues toma tú el mando de cinco ciudades”.
El otro llegó y dijo:
“Señor, aquí está tu mina; la he tenido guardada en un pañuelo, porque tenía miedo, porque eres un hombre exigente que retiras lo que no has depositado y siegas lo que no has sembrado”.
Él le dijo:
“Por tu boca te juzgo, siervo malo. ¿Conque sabías que soy exigente, que retiro lo que no he depositado y siego lo que no he sembrado? Pues, ¿por qué no pusiste mi dinero en el banco? Al volver yo, lo habría cobrado con los intereses”.
Entonces dijo a los presentes:
“Quitadle a éste la mina y dádsela al que tiene diez minas”.
Le dijeron:
“Señor, si ya tiene diez minas”.
“Os digo: al que tiene se le dará, pero al que no tiene se le quitará hasta lo que tiene. Y en cuanto a esos enemigos míos, que no querían que llegase a reinar sobre ellos, traedlos acá y degolladlos en mi presencia”».
Dicho esto, caminaba delante de ellos, subiendo hacia Jerusalén.

San Edmundo, mártir

En Inglaterra, san Edmundo, mártir, que, siendo rey de los anglos orientales, cayó prisionero en la batalla contra los invasores normandos y, por profesar la fe cristiana, fue coronado con el martirio.

En el siglo IX, los daneses empezaron a hacer incursiones cada vez más frecuentes en las costas de Inglaterra. A mediados del siglo, «los paganos pasaron el primer invierno en nuestra tierra». El día de Navidad del año 855, los nobles y el clero de Norfolk, reunidos en Attleborough, coronaron por rey a Edmundo, quien tenía entonces catorce años. Al año siguiente, el pueblo de Suffolk reconoció también su soberanía. Se dice que fue un gobernante tan talentoso y hábil como virtuoso. Para emular al rey David y poder participar en los divinos oficios, aprendió todo el salterio de memoria. El benedictino Lidgate escribió en el siglo XV: «Era piadoso y bueno, celestialmente alegre, prudente en sus actos, y la gracia se manifestaba poderosamente en él …» Por entonces, tuvo lugar la más numerosa de las invasiones que los daneses habían llevado a cabo hasta entonces. La «Crónica Anglo-Sajona» dice: «Un poderoso ejército de daneses desembarcó en el país de los anglos. Allí pasaron el invierno y se les proporcionaron caballos. Los anglos hicieron la paz con ellos». Los invasores cruzaron el Humber y tomaron York. En seguida avanzaron con dirección a Mercia, hasta Nottingham, saqueando, quemando y esclavizando. El año 870, cruzaron Mercia, de vuelta a Anglia del este, y establecieron sus cuarteles de invierno en Thetford. «En aquel invierno, Edmundo les presentó batalla, los daneses triunfaron, mataron al rey, sometieron a toda la tierra y destruyeron todos los monasterios que encontraron».

Este resumen corto y escueto nos dice cuanto sabemos con certeza sobre la muerte de san Edmundo. Alban Butler resume de la manera siguiente las tradiciones que se encuentran en Abbo de Fleury y otros cronistas: Los bárbaros invadieron los dominios de san Edmundo, incendiaron la ciudad de Thetford (que habían tomado por sorpresa) y sembraron la desolación por donde pasaron. El rey reunió apresuradamente un ejército. En las cercanías de Thetford se enfrentó con un destacamento de daneses y estuvo a punto de ganar la batalla. Pero, poco después, llegaron refuerzos al enemigo. Viendo que no podía presentar batalla con un ejército tan reducido como el suyo, san Edmundo se retiró a su castillo de Framlingham de Suffolk. El jefe de los bárbaros, Ingvar, le propuso la paz bajo condiciones que el monarca no podía aceptar, tanto por motivos religiosos como por la lealtad que debía a sus súbditos. No le quedó, pues, otro remedio que huír, pero fue rodeado por el enemigo en Hoxne, a orillas de Waveney. Según otros autores, permitió voluntariamente que le tomasen preso en la iglesia. Nuevamente se le hicieron proposiciones inadmisibles que el santo desechó, declarando que amaba más su religión que su propia vida y que jamás salvaría ésta al precio de aquélla. Entonces, Ingvar mandó que le atasen a un árbol y le azotasen. San Edmundo soportó el tormento con mansedumbre, invocando el nombre de Jesús. En seguida le cosieron a flechazos, pero sin darle muerte, de suerte que su cuerpo «parecía un erizo, cuya piel está cubierta de púas, o un puercoespín». Finalmente, Ingvar desató al santo, le arrancó del árbol al que le habían clavado las flechas y mandó que le decapitasen.

El cuerpo de san Edmundo fue sepultado en Hoxne. Hacia el año 903 sus reliquias fueron trasladadas a Beodricsworth, que se llama actualmente Bury St Edmund’s. El año de 1010, durante las invasiones de los daneses, las reliquias fueron depositadas en la iglesia de San Gregorio de Londres, cerca de la catedral de San Pablo y, tres años más tarde, volvieron nuevamente a Bury. Durante el reinado de Canuto, se fundó la gran abadía benedictina de St Edmundsbury, que tuvo por reliquia principal los restos de san Edmundo. Los comentarios de Tomás Carlyle (en «Past and Present») sobre la crónica de Joselino de Brakelond, en la que se describe cómo el abad Sansón trasladó las reliquias de san Edmundo a una nueva iglesia, en 1198, contribuyeron a popularizar mucho los nombres de san Edmundo y su abadía. Antiguamente, se profesaba gran devoción al mártir en Inglaterra, donde se construyeron numerosas iglesias en honor suyo. En el siglo XIII y en los siguientes, la fiesta de san Edmundo era de precepto. Su fiesta se celebra todavía en la diócesis de Westminster y Northampton, así como en las abadías benedictinas de Inglaterra.

Thomas Arnold editó en «Memorials of St Edmund’s Abbey» (Rolls Series, vol. I) una pasión escrita por Abbo de Fleury, otra debida a la pluma de Gaufrido de Fontibus, una colección de milagros compuesta por el archidiácono Herman y otra compuesta por el abad Sansón. Arnold hace notar, en la introducción, que Guillermo de Malmesbury y otros cronistas pretenden añadir algunos datos, pero que son de poco valor. Lo mismo hay que decir de La vie de Saint Edmund le Roy (poema francés del siglo XIII, publicado por Arnold en el vol. II) y del poema inglés compuesto por el monje de Bury, Dan Lydgate. Lord Francis Hervey, «Corona Sti. Eadmundi» (1907) y «History of King Edmund» (1929), estudió muy cuidadosamente el tema. Se ha discutido mucho acerca de la supuesta traslación de las reliquias de San Edmundo a la iglesia de Saint Sernin, en Toulouse, así como de la vuelta de una parte de ellas a Inglaterra en 1901. Véase Stanton, Menology, pp. 559-561.

fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI

El último rey de Estanglia, tal vez sucesor de Offa en el 855, una figura que se adornó póstumamente con todos los elogios concebibles («virtuoso, caritativo, humilde desde sus tiernos años», sin olvidar que «su rostro hermoso era de ángel más que de hombre»)   La desdicha idealizó a este monarca que en el 869 tuvo que hacer frente a una invasión de daneses que se instalaron en Thetford, Norfold. Edmundo les atacó con su ejército, fue derrotado y murió posiblemente después de que le hicieran prisionero sus enemigos.    Relatos más tardíos suponen que le azotaron y que luego fue asaeteado hasta que «no hallando ya lugar en el santo cuerpo para nuevas heridas, por una misma herida entraban de nuevo muchas saetas, tantas que causaba horror y compasión mirarlo, porque parecía un erizo, siendo otro nuevo san Sebastián»   Según la leyenda, sus súbditos acabaron encontrando su cuerpo, pero la cabeza del rey no aparecía, hasta que en medio de los campos oyeron una voz que gritaba: «Aquí estoy» Cómo siguieran sin verla y todos preguntasen «¿Donde estás?», la cabeza respondió tres veces: «Here, here, here», o sea, «Aquí, aquí, aquí», hasta orientarles en su búsqueda.   Venerado como mártir, su culto fue muy popular en la Inglaterra medieval, y sus reliquias se conservaron en Bury Saint Edmunds, en West Sufflok, donde en el año 1020 se fundó una gran abadía. Su atributo es una flecha.

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