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La Iglesia venera hoy a San Ismael

Lunes de la decimoprimera semana de Tiempo Ordinario

Yo os digo que no hagáis frente al que os agravia.
Lectura del santo Evangelio según san Mateo 5, 38-42
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Habéis oído que se dijo: «Ojo por ojo, diente por diente». Pero os digo: no hagáis frente al que os agravia. Al contrario, si uno te abofetea en la mejilla derecha, preséntale la otra; al que quiera ponerte pleito para quitarte la túnica, dale también el manto; a quien te requiera para caminar una milla, acompáñale dos; a quien te pide, dale, y al que te pide prestado, no lo rehúyas».

San Ismael

Etimológicamente significa “Dios escucha”. Viene de la lengua hebrea.

Esta primavera es visible donde el espíritu de misericordia aparece para humanizar nuestro corazón por la claridad de un amor fraterno. Y allí se enciende una hoguera.

Incluso bajo las cenizas, una brasa continuará ardiendo.

Ismael y dos hermanos, Manuel y Savelio, eran primaveras en su tierra porque quisieron humanizar a los pueblos.

Eran muy conocidos en Calcedonia y Bitinia. ¿Por qué razón?, te preguntarás.

 Y es muy sencilla. Querían que Juliano el Apóstata y el rey de Persia llegaran a un acuerdo para que reinase la paz entre los súbditos.

 Ellos, en el hogar, habían recibido una densa y práctica formación cristiana, al mismo tiempo que una amplia cultura.

 Todo se debió, en gran parte, a su preceptor Eunoico.

 El testimonio de sus vidas les llevó, sin querer, a verse envueltos en un acontecimiento que dio lugar a otra dura persecución.

 El templo del dios Sol se incendió. Y, naturalmente, les echaron la culpa a ellos.

 Vinieron una serie de interrogatorios postizos, una pura farsa. Al final de los mismos, se les entregó al martirio tal día como hoy del año 326.

 De las brasas de su martirio por la fe en Cristo, su testimonio continuó ardiendo por siglos y siglos.

 Juliano el Apóstata no respetó los tratados de paz, y le hizo la vida imposible a los persas.

 Al clavársele una flecha en una batalla, exclamó:»Venciste, Galileo». Juliano el Apóstata murió en el año 363.

significa “Dios escucha”. Viene de la lengua hebrea.
Esta primavera es visible donde el espíritu de misericordia aparece para humanizar nuestro corazón por la claridad de un amor fraterno. Y allí se enciende una hoguera.
Incluso bajo las cenizas, una brasa continuará ardiendo.
Ismael y dos hermanos, Manuel y Savelio, eran primaveras en su tierra porque quisieron humanizar a los pueblos.
Eran muy conocidos en Calcedonia y Bitinia. ¿Por qué razón?, te preguntarás.
Y es muy sencilla. Querían que Juliano el Apóstata y el rey de Persia llegaran a un acuerdo para que reinase la paz entre los súbditos.
Ellos, en el hogar, habían recibido una densa y práctica formación cristiana, al mismo tiempo que una amplia cultura.
Todo se debió, en gran parte, a su preceptor Eunoico.
El testimonio de sus vidas les llevó, sin querer, a verse envueltos en un acontecimiento que dio lugar a otra dura persecución.
El templo del dios Sol se incendió. Y, naturalmente, les echaron la culpa a ellos.
Vinieron una serie de interrogatorios postizos, una pura farsa. Al final de los mismos, se les entregó al martirio tal día como hoy del año 326.
De las brasas de su martirio por la fe en Cristo, su testimonio continuó ardiendo por siglos y siglos.
Juliano el Apóstata no respetó los tratados de paz, y le hizo la vida imposible a los persas. 
Al clavársele una flecha en una batalla, exclamó:»Venciste, Galileo». Juliano el Apóstata murió en el año 363.

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